Hasta hace poco, escribir un diario era incómodo: su silencio te obligaba a enfrentar el vacío y esforzarte por entenderte. Hoy, ese diario contesta y la introspección se ha vuelto opcional. La IA borró ese esfuerzo: le cuentas tu drama y te da respuestas ordenadas, dándote la razón un 50% más seguido que un humanx. Descubre qué tienen que ver Harry Potter y unas cabras de Age of Empires con la trampa en la que caemos al hablarle a la pantalla. En el fondo, no hablamos con unx otrx, sino con una copia de nosotrxs mismxs devuelta con mejor sintaxis. Aunque estemos hablando solxs, ese soporte incondicional puede hacer que el vínculo se sienta muy real.
Hasta hace no muchos años, escribir un diario íntimo aún era una experiencia catárquica, pero incómoda. En muchos casos, casi un ritual. La tinta, el papel, un cuaderno con candadito. En un contexto más dosmilero, un archivo de Word dentro de esa carpeta secreta que nadie iba a abrir dentro de otra carpeta secreta. Quizás hoy la colección de notas en tu teléfono guarda desde listas de supermercado hasta esos mensajes de texto que escribes durante una hora para luego mandar casualmente, como si fuera lo más normal del mundo. IYKYK.
Para escribir el diario, unx necesitaba quedarse solx y concentrarse para comenzar. Se vivía casi como una experiencia furtiva, hasta quizás un poco vergonzosa. Más de unx confesó ahí sus más grandes anhelos, sus primeros delirios románticos, sus peores travesuras, sus miedos más intimidantes. Se podía escribir con la seguridad de que esa hoja iba a proteger tu intimidad, precisamente por su incapacidad de respuesta. Al no contestarte, te obligaba a enfrentar el vacío, el aburrimiento, esa sensación de cringe por todo tu cuerpo, esforzándote por entenderte, de una u otra forma.
Este tipo de escritura no es algo que recién empezó cuando las películas comenzaron a jugar con el cliché de "querido diario". El historiador Peter Gay explica que ya en el siglo XIX existía una fascinación por el "yo" y por el espacio privado, convirtiendo esta práctica como un refugio seguro frente a una sociedad con muchas demandas. Hubo quienes lo llevaron al extremo, como el filósofo Henri-Frédéric Amiel, que desarrolló tal obsesión por su propio registro que terminó incapacitado para actuar en público. Se convirtió en un espectador de su propia vida, lo que lo llevó a acumular más de 17,000 páginas en su diario íntimo. En vez de experimentar las emociones, se dedicaba a escribir sobre cómo se sentía al respecto.
"Es este diario lo que me permite resistir al mundo hostil, sólo a él puedo contarle lo que me aflige o me pesa" (Amiel, 1847).
Hoy, todo ese vacío incómodo de no saber, no entender y de sentirte perdidx para encontrarte ya no existe. Hoy ese diario contesta, y está borrando el vacío que antes te obligaba a confrontar tus propios demonios. Le escribes que tienes ansiedad un martes de madrugada, o que estás dudando de si deberías terminar con tu chicx, y ya no hay ese silencio incómodo esperándote del otro lado que te hacía conversar contigo. Esa lista de pros y contras que antes hacías solx, en tu cabeza o en una servilleta, ahora te la arma la IA en segundos, bien articulada y con argumentos que responden al tono con que le has escrito. Ya no es necesario hacer introspección para obtener respuestas. Es completamente opcional. En tres segundos, tienes una idea clara, ordenada y lista, antes de que termines de narrar tu propio drama. Y encima, casi siempre te da la razón.
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¿Hay alguien AI?: usos y abusos de la emocionalidad algorítmica es una exploración que investiga cómo las diferentes formas en que nos relacionamos hoy con la inteligencia artificial dicen mucho sobre los tiempos que estamos viviendo. Para esta investigación conversamos con ocho usuarios entre 24 y 31 años en Lima, Perú. Hemos reemplazado sus nombres por seudónimos para proteger su identidad.
Esta es la segunda de cinco historias. ¡
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