audio-thumbnail
Escucha esta historia
0:00
/757.354667
Por: Eduardo Marisca, Karina Pastor y Jose Gallegos

🤖 En resumen

En esta última entrega de la serie sobre work–life balance, exploramos una idea incómoda: el trabajo no nos va a amar de vuelta. Desde el agotamiento post-fiestas hasta el burnout crónico, el texto recorre cómo normalizamos la autoexplotación y confundimos productividad con valor personal. A través de la historia de Clara —una diseñadora que dejó el mundo corporativo para recuperar su energía creativa— y personajes como Hirayama de Perfect Days, cuestionamos la noción tradicional de éxito. El artículo propone cambiar un modelo extractivo por uno regenerativo, donde el trabajo no nos vacíe, sino que nos sostenga. No ofrece recetas mágicas, sino pequeños actos de soberanía: restar, proteger tiempos, recuperar el placer y decidir a qué velocidad queremos vivir.

[Estoy cansadx, jefe 🫠] es una exploración de Mutaciones que aborda la vuelta a la oficina como una relación de poder y control, el auge de la auto-explotación moderna y la cultura del burnout que le sigue.

Enero tiene una pesadez particular. Después del ritmo frenético de las fiestas de fin de año —ese combo de reuniones, celebraciones, ver mucha gente y excederte con la comida (quizás un poco con el champagne)—, el silencio de regresar a sentarnos frente a una computadora se siente abrumador. Literalmente es la resaca de todo lo vivido empozada en el alma (Gracias, Vallejo), que hace que el simple acto de reiniciar nuestro sistema cueste el triple. En medio de esa lentitud, notamos que una bruma densa nos acompaña. Es una neblina familiar, cargada de esas sensaciones que hemos venido nombrando en las últimas historias de nuestra serie [Estoy cansadx, jefe].

Primero, vimos cómo hemos perdido la flexibilidad ganada en el home office para devolvernos a oficinas que, lejos de ser espacios de colaboración, se han convertido en panópticos de vigilancia. Luego, exploramos cómo, ante esa presión de fuera, nuestra respuesta no ha sido rebelarnos, sino convertirnos en nuestrxs propixs fiscalizadorxs. Hemos caído en la trampa de la autoexplotación, convencidxs de que nuestro valor humano depende de nuestra productividad. Y finalmente, nos enfrentamos a la consecuencia inevitable de esa ecuación: un burnout profundo que no solo nos agota el cuerpo, sino que nos anestesia y nos roba la capacidad de imaginar un futuro distinto.

A pesar de sentirnos así, y de ser más o menos conscientes de que la estructura está diseñada para quemarnos, el calendario avanza y nosotrxs seguimos apurándonos. Volvemos a acelerar. Lo hacemos porque vivimos bajo un sistema en donde reconocemos que tener salud, tiempo libre y proyectos creativos está bien; pero que, por sobre todas las cosas, tener dinero y estatus es mucho mejor.

Hemos aceptado que el precio de entrada a la vida adulta es sacrificar la vida misma. Pero, ¿y si el premio al final de esa carrera no es el que nos prometieron? ¿Qué pasa si estamos "ganando" el juego equivocado?

¿Y si el éxito en verdad era otra cosa?

Clara es una amiga mutante que nos compartió su historia. Durante años, construyó una carrera sólida como diseñadora UX y researcher en el mundo de innovación. Su día a día se convirtió en una sucesión de reuniones estratégicas, entregables pesados y una presión constante muy fuerte por siempre "pensar fuera de la caja". Visto desde fuera, era un éxito. Para ella, era una saturación mental constante, una niebla que la dejaba agotada al final de cada día, sin energía para conectar con lo que más ama: dibujar.

Hace un tiempo, Clara decidió mudarse a España. Al comienzo quería conseguir trabajo en lo que ella había estudiado y tenía experiencia, pero fue muy difícil. Al no encontrarlo, y con cuentas por pagar, decidió aceptar un puesto como cajera en una cadena de supermercados. El momento más difícil no fue el trabajo en sí, sino sus juicios antes de iniciarlo. Clara se recuerda a ella misma preguntándose: "¿Estudiaste una carrera para esto?". Fue una batalla contra su propio ego y contra la idea de éxito que había perseguido toda su vida.

Pero después comenzó su nueva rutina: pasar productos, cobrar, sonreír, entregar. El tipo de problemas que enfrentaba ahora tenían que ver con dificultades a la hora de pagar de algún cliente, o cómo pasar un código para activar un cupón. Por ahí podría haber unx cliente pesadox quejándose de algo, pero ya no hacía falta llevarse pendientes del trabajo a casa.

Tiempo después, cuando aparecieron las preguntas de otrxs —el clásico "¿no sientes que has retrocedido?"—, Clara ya estaba en otro lugar. Descubrió que ese trabajo manual tenía el ritmo meditativo que el mundo corporativo no le permitía. Después de su turno, tenía la energía y el espacio mental para volver a agarrar un pincel y sentir la mancha de la pintura en sus dedos. No dibujaba para producir nada; era un medio de expresión en el que se encontraba, se exploraba y se conectaba con ella misma. Al quitarse las presiones de esa etiqueta pesada de "profesional exitosa", recuperó su identidad de artista.

La historia de Clara no es una anécdota aislada, ni tampoco es una receta mágica que le funcione a todo el mundo. Pero hay personas que, ante el agotamiento de todo esto, están eligiendo caminos diferentes para priorizar su paz, su estabilidad y un equilibrio antes que una enorme ambición por ser los mejores trabajadores en una empresa.

Podemos ver esto también en la ficción. En *Perfect Days, película del director alemán Wim Wenders, conocemos a Hirayama, un hombre que limpia los baños públicos en Tokio. A través de detalles sutiles, la película sugiere que Hirayama no hace esto por falta de opciones, sino que más bien viene de un pasado de privilegio con una familia rica del que se ha alejado voluntariamente.

Hirayama limpia inodoros con una dedicación y un detalle casi sagrados. Pero su verdadero éxito no ocurre durante su jornada laboral, sino en los márgenes que esta le permite proteger. Su vida es rica no por lo que acumula, sino por lo que disfruta: leer libros de papel barato antes de dormir, regar sus plantas cada mañana, escuchar sus viejos casetes de Lou Reed en el tráfico, fotografiar la luz que se filtra entre los árboles.

Hirayama no ha escogido "una vida más simple" como un acto de resignación, sino que más bien lo ha hecho porque entendió que, para él, el éxito no tenía que ver con acumular dinero o tener muchas cosas, sino con la preservación de su propia paz.

¿Cómo devolverle energía al cuerpo?

Estas historias nos resuenan porque tocan una fibra sensible: la necesidad de reparar nuestra relación con el trabajo. El problema de fondo es que nuestro modelo actual es fundamentalmente extractivista. Imaginemos que queremos hacernos un juguito por la mañana: partimos las naranjas, las apretamos, y giramos hasta sacarles la última gota. Hoy nos tratan (y nos tratamos) como a esas naranjas: el objetivo es extraer la energía lo más rápido posible, "ser rendidorx", "salir a cuenta". Es una suma de cálculos hasta que la cáscara se seca y ya no da más. Y con suerte, terminas en el compost.

En la agricultura existe el concepto de productividad regenerativa. A diferencia de la agricultura industrial que explota el suelo hasta dejarlo estéril, la agricultura regenerativa se preocupa por devolver nutrientes a la tierra, asegurando que el sistema se mantenga vivo y capaz de seguir dando frutos. Daniel Christian Wahl, biólogo y diseñador, afirma que hemos diseñado un "sistema de trabajo suicida". Según su lectura, la única salida es diseñar culturas regenerativas: entornos donde el trabajo aumente la salud del sistema en lugar de disminuirla. Requerimos de una métrica de éxito radicalmente distinta: medir el triunfo no por cuánto logramos "exprimirnos" en un día, sino por cuánto somos capaces de hacer sin morir en el intento.

Sin embargo, es difícil regenerar energía cuando el trabajo se siente vacío. En su libro Bullshit Jobs, el antropólogo David Graeber argumenta que una gran parte del agotamiento moderno proviene no solo del exceso de horas, sino de la falta de sentido. El punto de Graeber no es filosófico, sino práctico: muchos de los trabajos que hacemos son, en esencia, un despropósito. Actualmente muchxs profesionales pasan sus días en empleos que, si desaparecieran mañana, no cambiarían nada en el mundo (o incluso, lo harían un lugar mejor). Sentir que dedicamos las mejores horas de nuestra vida a tareas administrativas infinitas o burocracias que no suman valor crea una disonancia espiritual que nos agota más que cualquier esfuerzo físico. Regenerar la energía del cuerpo implica, necesariamente, buscar un trabajo que tenga sentido, por más pequeño que sea.

Pequeños actos de soberanía

Sabemos que el mundo está empezando a dar señales de cambio, especialmente en el norte global. Leemos titulares sobre la semana laboral de 4 días que se prueba con éxito en Reino Unido o Islandia, o sobre leyes de derecho a la desconexión que protegen el tiempo libre de los trabajadores en Francia.

Pero también sabemos que esta no es la realidad en nuestros países. En Latinoamérica existe mucha gente a quienes con un solo trabajo no les alcanza para pagar las cuentas. En países como México y Argentina, las tasas de subocupación, conformadas por personas que tienen empleo pero necesitan trabajar más horas porque sus ingresos son insuficientes, se elevan a 9% y 12% respectivamente. En Perú, por otro lado, el pluriempleo ya impacta al 18% de la fuerza laboral. Esto ha dejado de ser una opción de crecimiento para convertirse en un mecanismo de supervivencia.

Entonces, ¿qué queda? ¿Hacernos bolita y llorar? Si lo necesitas, está bien por un rato. No podemos cambiar el sistema de un día para otro, ni renunciar a todo sin poner en riesgo nuestra supervivencia. Entonces, ¿cómo evitamos convertirnos en cáscaras secas tiradas en un basurero? La respuesta podría estar en aplicar pequeñas microdosis de resistencia. Podemos pensar así, en pequeños actos de soberanía para hackear el sistema de a pocos.

Ante la saturación, por lo general la tendencia es buscar "qué más podemos hacer para estar bien". Aquí aparecen desde apps de meditación hasta detestables “rutinas de mañana de 10 pasos” de algunx influencer. Como sugiere Leidy Klotz, experto en resolución de problemas, la verdadera solución suele ser quitar, no poner. Antes de optimizar tu agenda, límpiala. En su investigación sobre el arte de la sustracción, sugiere que eliminemos esa reunión recurrente que tienes atorada en tu Google Calendar por inercia que bien podría haber sido un e-mail. Sugiere que salgamos de ese grupo de WhatsApp que solo genera ruido y ansiedad. Esto le da un poco más de sentido a que Steve Jobs o Richard Branson casi siempre han aparecido con la misma ropa. Son menos decisiones por tomar. Klotz afirma que restar carga cognitiva es la forma más inmediata de recuperar claridad.

Una vez que hemos limpiado el terreno, podemos repensar nuestros tiempos. Reggie James, diseñador de producto e inversionista, propone que gestionemos nuestras carreras como lo hacen los atletas de alto rendimiento, aplicando el concepto de "off-season" (temporada baja). Nadie puede competir en las Olimpiadas todos los días sin lesionarse algo. Si no tienes el privilegio de tomarte un año sabático, puedes inyectar micro-temporadas bajas en tu rutina: bloquea una tarde a la semana como "no disponible", respeta tu fin de semana como un territorio sagrado de no hacer nada de trabajo. Entender que la recuperación es parte del trabajo, y no una falla del proceso, es vital para sostenernos en el tiempo.

Captura de pantalla 2026-01-16 a la(s) 10.56.31 a.m..png

En Mutaciones, intentamos aplicarlo, aunque no siempre es fácil. Sabemos que cerebros como el de Eduardo, nuestro Chief Mutant, que tienen visión de todo, siempre están al mango. Por eso, él intenta tomarse una mañana de mental break a la semana. A veces cuesta defender ese tiempo, a veces le robamos una hora o dos, pero intentamos protegerlo. El objetivo es que no cancele su mental break, porque sabemos que la alternativa es un mental breakdown. Y no queremos eso (tkm Ed).

Proteger esos espacios no solo evita colapsos, sino que también nos devuelve algo esencial: la capacidad de nutrir esa parte de nosotrxs que el trabajo suele ignorar. En el libro Life is Hard del filósofo Kieran Setiya, el autor distingue entre actividades télicas (que tienen un fin o meta) y actividades atélicas (que se hacen por el puro placer de hacerlas). El antídoto a la obsesión por el logro es dedicar tiempo a lo inútil, como salir a caminar sin contar los pasos en tu smartwatch, leer un libro sin resaltar lo importante para hacer un post en LinkedIn, o pintar mal, sin pretender que vas a crear la próxima Mona Lisa. Recuperar el placer de hacer cosas que no sirven para nada es, hoy, un acto revolucionario de auto preservación.

Otra forma de ganar

Hoy vemos cada vez más personas intentando ordenar sus vidas, tiempos y prioridades de otra manera, y existe una probabilidad alta de que esto empiece a crecer en el futuro. Esto no es cosa de unos cuantos hippies que solo quieren relajarse y dibujar. Es gente cansada de un sistema que busca opciones que les funcionen realmente. Quizás estemos ante el inicio de una revolución silenciosa, una en donde las personas ya no piden permiso, sino que exigen la flexibilidad como una condición no negociable. Una donde dejamos de buscar empresas que nos prometan “ser una familia” (con la lealtad tóxica que eso implica) y empezamos a priorizar relaciones sanas donde se respete y cuide nuestra salud mental.

Sin embargo, el cambio no será sencillo. El sistema está diseñado, optimizado y aceitado para que corramos. Si decidimos caminar, buscando una rutina equilibrada por encima del estatus, o priorizando la paz mental antes que el ascenso, nos van a gritar que estamos perdiendo, que estamos "desperdiciando nuestro potencial", que nos hemos vuelto conformistas. Nos van a decir que nos hemos quedado. Pero, si a alguien le molesta tu paz, ese no es tu problema. Es un síntoma de su propia prisa.

Quizás ganar no es llegar primero a la meta, ni acumular más que quienes nos rodean. Quizás el verdadero éxito, ese que nadie puede poner en un currículum, es tener la libertad de decidir a qué velocidad queremos avanzar.


Book — bree groff
How to do nothing: the new guide to refocusing on the real world
Author Jenny Odell talks about the attention economy and the value of being alone with one’s thoughts
Designing Regenerative Cultures
This is a 'Whole Earth Catalog' for the 21st century: an impressive and wide-ranging analysis of what's wrong with our societies, organizations, ideologies, worldviews and cultures – and how to put them right. The book covers the finance
Bullshit Jobs - Wikipedia
Life Is Hard by Kieran Setiya review – philosophical self-help
What can a 2500-year-old discipline tell us about how to live better in the modern world?
The Moral Case for Working Less
We shouldn’t work less simply because it allows us to be better workers. We should work less because it allows us to be better humans.
The Method I Used to Reclaim 72 Hours a Week
Work should only take up 25% of our time. These three steps make that happen.

Es tiempo de MUTAR.

Somos Mutaciones, un estudio de diseño y exploraciones en Lima, Perú. Síguenos en Instagram o Linkein -prometemos no spamear. Ningún Mutito fue herido en el proceso de crear esta historia. Hasta la próxima edición 👋

Compartir este post