
🤖 En resumen
Esta historia revisa cómo la cultura de la autoexplotación —ahora maquillada como hustle, performance o ownership— se volvió la nueva normalidad, desde Silicon Valley hasta las calles de América Latina. Exploramos el origen y expansión del 996, la glorificación del sacrificio impulsada por líderes tecnológicos y cómo esta lógica se cuela en nuestras organizaciones como si fuera sinónimo de éxito. Contrastamos esta narrativa con la realidad latinoamericana: una región donde la precariedad siempre existió pero ahora se vende como aspiración. La nota invita a repensar qué significa trabajar bien, qué perdemos cuando solo contamos horas y por qué necesitamos futuros más humanos, creativos y regenerativos. t
Hubo un tiempo en el que quedarse hasta tarde en el trabajo era la forma de impresionar a tu jefe. Un tiempo en el que, desvivirte por tu trabajo era reconocido como el síntoma de ser "unx buen trabajadorx". La mejor manera de comunicar claramente: “yo quiero estar aquí, yo quiero seguir creciendo”.
Pero, ¿qué significaba eso? Estar siempre disponible, contestar mensajes o llamadas a cualquier hora, sin importar si era medianoche o fin de semana. Significaba también aceptar todos los nuevos proyectos y siempre decir que sí, a pesar de que el día no tuviera más horas o no te pagaran más por ello. Nunca quejarse, ser lxs más proactivxs y sonreír siempre, siempre, siempre. Nada de esto está mal, pero cuando terminas trabajando más tiempo del que te pagan como rutina normal de trabajo, ahí hay un red flag.
La imagen es clara: ese tubo de luz fluorescente de la oficina encendido mucho después del atardecer. El último piso de un edificio corporativo brillando de noche, que bien podría ser una escena de hace 60 años, robada de un plano de Mad Men. Los tiempos han cambiado: hoy ese fluorescente se ha convertido en un LED, pero más allá de eso muchas organizaciones siguen esperando y exigiendo el mismo nivel de “compromiso”. Quizás ya no hay una etiqueta de "empleadx del mes", quizás hoy te compran comida si te quedas trabajando hasta las 11 p.m. Y esto no es el Nueva York de los 60: estamos hablando de lo que podría ser una agencia de publicidad en Barranco, una startup en Palermo o de pronto, unas oficinas en Roma Norte. La pizza se pide por Rappi y el mensaje de “nos quedamos hasta tarde” llega por Slack.
Código 996
El variopinto y diverso mundo de la explotación laboral no es algo necesariamente novedoso. Lo interesante aquí son las nuevas formas que esta explotación ha adoptado en nuestros tiempos, como la cultura de "te tienes que poner la camiseta" o de “voy a tener mi side hustle” para demostrar que sí puedes con todo. La poke-evolución de la explotación es la versión en la que nos la infligimos a nosotrxs mismxs, en la que nos convencemos de que esto es lo que queremos. Y su forma más agresiva ha llegado con un nuevo empaque y un código numérico: 996.
En el último año se ha escuchado mucho del 996 como el nuevo esquema de trabajo en Silicon Valley, pero el término tiene en realidad su origen en la explosión económica y tecnológica china de la última década, y describe una jornada extremadamente intensa: trabajar de 9 a.m. a 9 p.m., 6 días a la semana. Surgió a principios de los 2010 como una regla no dicha para acelerar el crecimiento de los negocios en un mercado hipercompetitivo como el chino, pero se empezó a normalizar hacia 2016 cuando las empresas comenzaron a exigirlo en sus convocatorias laborales.
No todo el mundo estaba feliz con esta idea de vivir para trabajar: la tensión estalló en marzo de 2019 con el movimiento viral 996.ICU creado en GitHub. Su nombre era, sobre todo, una advertencia: si sigues en 996 terminarás en una UCI (Unidad de Cuidados Intensivos, ICU por sus siglas en inglés). Lejos de retroceder ante esta crisis de salud pública, los líderes de la industria tecnológica defendieron el modelo. En abril de 2019 Jack Ma, fundador de Alibaba, afirmó que esta jornada era una enorme bendición que lxs jóvenes debían agradecer. En un discurso interno que se filtró, que Ma afirmó que "si no trabajas 996 cuando eres joven, ¿cuándo podrás hacerlo?", una evidencia más de la creciente desconexión entre la élite tecnológica y una fuerza laboral al borde del colapso.
El Tribunal Supremo de China declaró ilegal esta práctica y sus críticos la han llamado una forma de esclavitud moderna, pero eso no ha evitado que la mentalidad siga ganando adeptxs entre las startups de Silicon Valley. Como reportó La Vanguardia, algunas empresas lo usan como filtro de contratación y exigen abiertamente más de 70 horas a la semana. El fundador de 20VC, Harry Stebbings, lo resumió así: "7 días a la semana es la velocidad de trabajo que se necesita para ganar ahora mismo".
La glorificación del sacrificio

El gran promotor de esta manera de pensar en el trabajo es un personaje que encontramos en nuestra historia anterior: Elon Musk. Más que un mártir del sistema, Musk glorifica y celebra las maneras en las que cotidianamente se explota a sí mismo — y recibe enorme admiración por eso. Cuando Arianna Huffington le pidió públicamente que cuidara su salud y encontrara tiempo para "recargar", luego de que él mismo decía que había tenido un año “intolerable”, su respuesta llegó de madrugada: "Piensas que ello es una opción. No lo es".
Son cada vez más lxs emprendedorxs de Silicon Valley que están siguiendo su ejemplo, en particular aquellxs que participan de la nueva "fiebre del oro" de la Inteligencia Artificial. Se pregonan ‘fórmulas ganadoras’ que definitivamente no contribuyen a encontrar un balance entre la vida personal y el trabajo, como por ejemplo el No Booze, No Sleep, No Fun (no alcohol, no dormir, no divertirse). Un artículo de Inc describe un mundo "lleno de fundadores de veintitantos años... que trabajan más de 90 horas a la semana, comen ramen en sus computadoras y solo hablan con otros humanos para hacer networking”. Un bajón.
El ritual no solo se mide en horas de trabajo, sino en una obsesión por sacarle el jugo a cada minuto del día. Es la cultura del Club de las 5 a.m., esa que te exige despertarte antes que el sol salga, meter la cara en un balde con hielo, tomar un batido de hierbas de las que nunca antes escuchaste y, si es posible, escalar dos montañas antes de tu primera reunión de las 8 a.m. Es este sentimiento enfocado en exigirte a hacer más, pero que nunca se dirige a disfrutar del momento. Ni mucho menos, a ir lento.
No hay que confundirse: esto no es sobre salud o bienestar. Es sobre optimizar el tiempo limitado para tener mejores resultados de una forma obsesiva, casi enfermiza. Como señalan analistas, lxs ejecutivxs se ven a sí mismxs como atletas de élite: “el sueño, la dieta, el ejercicio... todo se incorpora como una técnica de rendimiento”, como señala Gianpiero Petriglieri, Profesor Asociado de Comportamiento Organizacional en INSEAD. El objetivo es ser más productivx, cueste lo que cueste.
Una trampa estructural
La cultura de la auto-explotación se vende como el camino universal al éxito, y está llegando a Latinoamérica a través de ese mismo circuito de Silicon Valley, emprendimiento tecnológico y capital de riesgo. Pero en nuestra región, esto tiene un doble fondo. Aquí, la idea de trabajar sin control siempre ha existido: tenemos una historia larguísima de millones de personas que lo han hecho y lo siguen haciendo por pura supervivencia. Aquí, el 996 ya existe, solo que se llama distinto: informalidad, pluriempleo, emprendimiento, cachueleo, rebusque. Es la condición estructural de muchxs trabajadorxs de mercados, pescadorxs, transportistas y microemprendedorxs, quienes pocas veces gozan de seguridad social, beneficios, o acaso, de un futuro con más dinero.
En 2019 la Organización Mundial del Trabajo celebró los 100 años del establecimiento de la jornada laboral de 8 horas. La idea de una jornada laboral que no domina nuestras vidas es uno de los grandes progresos civilizatorios de nuestra época — y es irónico cómo este progreso está deshaciéndose solo porque nos lo venden distinto las empresas tecnológicas que dominan la economía mundial. La explotación se está metiendo por la puerta falsa porque ahora viene con un nombre distinto. Lo que en la calle llamamos informalidad o precariedad, en la oficina corporativa lo llamamos performance de alto rendimiento, o usamos términos como ownership o accountability para endulzar la historia. Es un problema de óptica: si escuchamos, por ejemplo, de regímenes muy largos en procesos de producción de un taller de fierro, los etiquetamos como mala práctica; excesiva o quizás, explotativa. Pero si leemos a Elon Musk celebrando que los trabajadores en China trabajan hasta la madrugada, lo posteamos en LinkedIn como inspiración.
En el mundo corporativo, esta mentalidad se agrava por nuestra propia improductividad estructural. El costo relativamente bajo de la mano de obra a través de Latinoamérica genera un desincentivo perverso para que las organizaciones no inviertan en tecnología o en mejores procesos. Nos hemos acostumbrado a persistir en arreglos económicos de baja productividad. Nos hemos acostumbrado a tirarle gente a los problemas, considerando que siempre será más barato contratar a veinte personas más y pagarles lo mínimo.
¿Quién está ganando de verdad?
Cuando deberíamos estar teniendo una conversación sobre la calidad del tiempo que trabajamos, nos enfocamos más bien en la cantidad de horas desde el clock in hasta el clock out como si eso fuera lo importante. Es una cultura que se justifica con el argumento de la competitividad y la presión por ser lxs primerxs, pero que en el fondo evidencia un trasfondo de desconfianza, de obsesión por el control y el micromanagement, y de baja productividad. Plantea una falsa dicotomía donde tienes que elegir entre el éxito económico o una vida balanceada. Hay gritos en el fondo diciendo que no vas a ser exitosx si estás buscando un balance.

Pero los grandes saltos cualitativos que requieren las economías latinoamericanas necesitan justamente de lo opuesto. La verdadera creatividad, la verdadera innovación, la verdadera productividad necesitan de espacio y tiempo para el deep work, y para tener espacios sin trabajar. Mientras seguimos enfocados en medir la productividad económica como un problema de horas, hay países enteros probando semanas laborales de 4 días con resultados muy prometedores. La obsesión por el horario laboral y la cultura de la camiseta son una performance que beneficia únicamente a los accionistas, pero que se presenta como si beneficiara a lxs trabajadorxs.
La obsesión por la cantidad sobre la calidad tiene un costo inevitable, pero es sobre todo una trampa de la que no hemos aprendido a salir. Esa luz de la oficina encendida a medianoche, ya no por un jefe que vigila, sino porque tú mismx no te dejas apagarla, sin haber comido, sin saber cómo está tu perrito, sin recordar cómo canta un pájaro al atardecer, porque hace mucho que no ves uno. Todo porque sientes que este es el mejor camino a ese ascenso, a ese aumento, a ese “crecimiento” que te han prometido. Tomas un pedazo más de pizza fría, miras por la ventana a la ciudad durmiente, y te quedas pensando: “¿cuál es el sentido de todo esto?”.






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