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Enseñar debe ser uno de los trabajos más difíciles que hay, especialmente en la educación básica. No solamente tienes a tu cargo probablemente la tarea social más importante que existe — dar forma a las primitivas e influenciables mentes de las próximas generaciones — sino que tienes que hacerlo al mismo tiempo que estas mentes intentan hacer sentido del ruido generado por el descubrimiento de sus propios cuerpos, emociones, y relaciones con otros y con el mundo. Hacerlo casi siempre con recursos sumamente limitados, con poco apoyo y acompañamiento, y con la obligación de cumplir con una serie de malabares burocráticos necesarios para que uno pueda ganarse la vida.

No es fácil. Menos aún cuando de pronto el cambio tecnológico parece distorsionarlo todo más rápido de lo que los sistemas pueden adaptarse: la web, las redes sociales, los teléfonos móviles, todas estas cosas siguen teniendo un impacto difícil de dimensionar en la manera como educamos y aprendemos.

Entonces apareció ChatGPT.

De pronto, un algoritmo era capaz de producir en segundos textos verosímiles de aparente nivel académico, sobre cualquier tema imaginable y en diferentes estilos. Y el mundo educativo entró en estado de pánico: desde los esfuerzos por prohibir el uso de la tecnología por considerarla como una forma evolucionada de “plagio”, hasta los llamados por no resistir al cambio y buscar la manera de incorporarla en los planes de estudio.

No es la primera vez que estamos aquí. De hecho, los “pánicos morales” por el impacto que la tecnología puede tener sobre la educación pueden rastrearse hasta el Fedro, el diálogo en el que Platón presenta un argumento en contra de la escritura por considerar que incentivará a las personas a pensar menos por su propia cuenta. Cosas similares se dijeron en su momento sobre la imprenta, sobre los periódicos, la radio, la televisión, y cualquier otra tecnología imaginable: es parte de la condición humana que todo aquello que se inventa luego de que nos volvemos adultos debe ser visto con desconfianza, escepticismo, o incluso censura.

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Tenemos que hablar sobre ChatGPT
En nuestro artículo del mes pasado compartimos más información sobre qué es ChatGPT y por qué está generando tanto revuelo.

Pero hay algo especial que pasa con ChatGPT. En pocas palabras: es ya mucho, ya. Podemos discutir infinitamente sobre su confiabilidad, pero es difícil pasar un rato jugando con esta herramienta y no pensar que tiene el potencial para reemplazar una enorme cantidad de tareas (y trabajos) que encontramos en nuestra vida cotidiana. Es razonable que una persona joven pregunte: si este algoritmo puede escribir un ensayo sobre Gabriel García Márquez mejor que cualquier cosa que yo pueda escribir, ¿entonces por qué tengo yo que hacerlo?

Y no es una mala pregunta. Como sociedad tenemos una obligación de responder a esa pregunta y no solo descalificarla diciéndole que “eres demasiado joven para entender”. Lo complejo de ChatGPT y otros algoritmos generativos no es solo que cambian la manera como algunos aspectos de la educación o el aprendizaje suceden, sino que deberían llevarnos a cuestionar elementos importantes de los sistemas que he construido.

Hoy quiero detenerme (brevemente, lo juro) en tres de esos elementos: la obsolescencia de la burocracia educativa, la oportunidad de una educación y un aprendizaje algorítmicos, y el desafío de la formación ciudadana en tiempos de realidades sintéticas.

Quizás habría que repensar la burocracia educativa

El pánico moral por la inteligencia artificial se exaltó hace unas semanas cuando circuló la noticia de que ChatGPT había aprobado exámenes de postgrado en derecho y negocios. De hecho, una de las principales preocupaciones de muchas personas con estas tecnologías es que hacen de inmediato irrelevantes muchísimas de las evaluaciones que podemos imaginar: ensayos, controles de lectura, respuestas a exámenes, y casi cualquier otra cosa. De un momento a otro ChatGPT volvió obsoletas muchas de las mejores maneras que tenemos para evaluar el aprendizaje.

Eso es lo que lleva a muchas personas a querer prohibirlo — porque hace demasiado fácil el hacer trampa, el sacarle la vuelta a la evaluación, ¿y entonces cómo sabremos quién realmente aprende y quién no?

En realidad deberíamos pensarlo al revés: lo que ChatGPT ha hecho es revelar los huecos en la manera en la que evaluamos el conocimiento y el aprendizaje. Cuando un algoritmo hace obsoletos nuestros mecanismos de evaluación, la reacción no debería ser prohibir el algoritmo — debería ser repensar la evaluación, y hacernos preguntas sobre qué queremos lograr con esa evaluación en primer lugar. Porque en muchos casos (quizás incluso la mayoría) las razones por las que evaluamos tienen que menos que ver con el aprendizaje en sí mismo, y más que ver con la burocracia educativa que mantiene el sistema andando.

Nuestros sistemas educativos (y nuestras sociedades) tienen una obsesión con la certificación de cosas: evaluamos para poder marcar cajitas que dicen que se cumplieron objetivos y que por tanto podemos emitir certificados y títulos que nos permiten marcar cajitas de que se cumplieron objetivos. Es la manera en la que contratamos personas para todo tipo de trabajos, evaluamos la ideoneidad de alguien para un rol, tomamos decisiones sobre quiénes están calificados para hacer ciertas cosas y quiénes no.

Pero sabemos que esta obsesión es un problema desde hace tiempo: sabemos que tener un título no es en la práctica evidencia de tener las competencias asociadas. Sabemos que muchas personas pueden demostrar competencia en un área sin tener ningún tipo de certificación o evaluación. Sabemos que nuestras currículas están en muchos casos desfasadas de las necesidades de la realidad y de la economía y que les tomará muchísimos años ponerse al día, y para cuando lo logren ya estarán desfasadas de nuevo. Sabemos que todas estas cosas son verdad.

Lo que están haciendo los algoritmos es tirar sal en la herida: hacer evidente que esto es el caso, que ya no es viable seguirle poniendo parches a un sistema que necesita repensarse integralmente. Pero es importante diferenciar entre las necesidades educativas (cómo certificamos la competencia, cómo diseñamos progresiones de aprendizaje, cómo actualizamos currículas) y las necesidades del aprendizaje (cómo desarrollamos la competencia, cómo la comunicamos, cómo adquirimos nuevos conocimientos y habilidades). Son parecidas, pero no son lo mismo: porque si bien a nivel del sistema educativo ChatGPT y los algoritmos generativos aparecen como un meteorito, al nivel del aprendizaje la historia podría ser completamente diferente.

Quizás tenemos nuevas alternativas para el aprendizaje

En 1998, Nintendo lanzó The Legend of Zelda: Ocarina of Time para el Nintendo 64 — en mi humilde opinión, uno de los mejores videojuegos jamás desarrollados. Uno empieza el juego en el rol de Link, un niño del bosque que abandona por primera vez su comunidad en busca de la princesa Zelda, y para hacerlo es puesto al cuidado de Navi, una pequeña hada que flota alrededor de Link a lo largo de todo el juego.

Si bien el rol del hada Navi puede ser por momentos exasperante, en muchos sentidos es una ilustración de muchas de las cosas que nos encantaría poder hacer alrededor del aprendizaje: Navi acompaña a Link durante todo su viaje de descubrimiento, brindando información importante en el momento correcto a través de la aventura. Navi ayuda a Link a prestar atención a elementos que de otra manera pasarían desapercibidos, lo empuja a cuestionar y desafiar sus propias habilidades y le da confianza en los momentos importantes. Navi es una guía de aprendizaje que funciona de manera personalizada, contextual, y adaptativa — que son algunos de los adjetivos que solemos escuchar siempre que hablamos del futuro del aprendizaje.

Tenemos muy buenas ideas y experiencias respecto a qué elementos aportan a un mejor aprendizaje: por ejemplo, brindar los contextos donde estudiantes puedan aprender a su propio ritmo y de acuerdo a sus intereses como en el modelo Montessori; o creando experiencias que integran el aprendizaje contextualizado de manera colaborativa como en el modelo de aprendizaje creativo del Lifelong Kindergarten del MIT Media Lab. Entendemos hoy que el rol del docente es menos ser el proveedor monopólico del conocimiento propio de los recuerdos traumáticos de Pink Floyd, y es más cumplir el rol de ser guía para que las personas puedan construir sus propios procesos de aprendizaje.

El problema es que podemos saber que estas cosas son verdad, pero son realmente difíciles de conseguir a escala. Allí es donde el aprendizaje entra en un conflicto paradójico con la educación: sabemos que muchas de las cosas que son buenas aprendizajes no pueden ser escaladas al nivel de un sistema educativo.

Pero quizás — quizás — herramientas como ChatGPT puedan alterar esa dinámica. Porque introducen la posibilidad de darle a cualquier persona en un entorno de aprendizaje acceso a una guía de aprendizaje que pueda ser personalizada, contextual, y adaptativa. Y hacerlo de una manera fácilmente escalable.

ChatGPT es una herramienta que se presta sumamente bien para la exploración individual: uno puede hacerle preguntas simples o complejas a partir de intereses propios y luego tener conversaciones cada vez más elaboradas para entrar en detalle. Eso quiere decir que avanza al ritmo de cada persona, y también que puede adaptarse a las necesidades de cada persona: uno puede pedirle, por ejemplo, explicaciones calibradas para diferentes edades o diferentes niveles de aprendizaje.

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Pero hay dos errores que podríamos cometer: el primero es asumir que ChatGPT es potencialmente un sustituto para toda la experiencia de aprendizaje. Eso debería ser inmediatamente un absurdo: si bien es una herramienta muy poderosa que pueda contribuir muchísimo al entorno de aprendizaje, necesariamente debe ser utilizada dentro de un contexto donde además sus resultados puedan ser evaluados, contrastados, y comparados con otras fuentes y contenidos. ChatGPT nunca sabe realmente de lo que está hablando, y por eso no pueden atribuírsele fácilmente valores de verdad. Es una herramienta que tiene que ganar sentido en un contexto.

El segundo error es asumir que ChatGPT puede ser un reemplazo para el rol de los docentes — que es además la fórmula perfecta para conseguir que los docentes antagonicen la herramienta y la vean como una amenaza. Pero creo que en la práctica, herramientas como ChatGPT tienen el potencial de convertirse en el mejor aliado de los docentes: facilitando experiencias individuales para las personas y liberando a los docentes para hacer lo que hacen mejor: servir como una guía de aprendizaje, ayudar a las personas a conectar con los contenidos, los contextos, y con otras personas. Empujarlas a hacerse preguntas nuevas, y a pensar en los problemas de forma distinta.

ChatGPT no reemplaza a los docentes, pero sí tiene el potencial de liberarlos para que puedan realizar su mejor contribución.

Quizás tenemos nuevos problemas

Hay una dimensión más que tenemos que traer a consideración: la formación de la ciudadanía. Y es que estamos viviendo en un momento donde nuestra cultura mediática y tecnológica ha rebasado por completo nuestra capacidad social para hacer sentido de lo que está pasando.

Ya venimos en los últimos años sufriendo colectivamente por responder a un entorno en el que las noticias falsas (fake news) y la desinformación se han convertido en una moneda completamente común. En un mundo de Photoshop, producir contenidos que parecen verosímiles pero no tienen ninguna conexión con la realidad se ha convertido en una actividad trivial, al punto de ser sistemáticamente explotada por todo tipo de organizaciones y gobiernos que buscan controlar, influenciar, o distorsionar la conversación pública.

El problema se ha vuelto tan grave que incluso nuestra primera línea de defensa para responder a este contexto — el abogar por una alfabetización mediática que enseñe a las personas a cuestionar sus fuentes y a distinguir entre lo verdadero y lo falso — ha terminado siendo instrumentalizada para crear las condiciones para una distorsión y polarización aún más profundas. Si bien parece intuitivo decir que la receta contra un ecosistema de desinformación es el pensamiento crítico, ese mismo pensamiento crítico es el está siendo explotado para sembrar desconfianza y socavar cualquier principio de credibilidad.

Y ahora tenemos que lidiar con todo esto en un contexto de realidades sintéticas, cuando tenemos tecnologías que nos permiten fácilmente crear realidades alternativas completamente verosímiles. Donde el problema ya no solo es Photoshop, sino herramientas tan poderosas como ChatGPT o Dall-E, que pueden generar grandes volúmenes de contenidos de alta calidad y verosimilitud en cuestión de segundos.

No tengo una respuesta para este problema. Solo quiero llamar la atención sobre problemas completamente nuevos que tienen que ser atendidos desde nuestros sistemas educativos: la necesidad de formar a las personas para saber utilizar estas herramientas, y hacerlo además responsablemente. La necesidad de tener conversaciones complejas y abstractas sobre la ética de los algoritmos, sobre cómo son entrenados y utilizados, y cuáles pueden ser sus consecuencias. La importancia de pensar en cómo formamos ciudadanía en medio de un entorno cada vez más difícil de navegar de desinformación y desconfianza. No hay respuestas fáciles a ninguna de estas preguntas, pero además siento que no las estamos haciendo con suficiente fuerza.

Para mí lo más importante de la discusión que se ha generado con la aparición de ChatGPT y su impacto en el mundo educativo es que debería llevarnos a conversaciones profundas sobre qué futuro queremos para la educación. ¿Cuál es el rol del sistema educativo? ¿Qué es lo que estamos buscando formar a diferentes niveles? ¿Cómo se adaptan estos sistemas a una realidad que cambia más rápido de lo que su burocracia puede manejar?

No tengo idea de cómo empezar a responder a estas preguntas. Así que hice lo único razonable, y le pregunté a ChatGPT:

Y como suele ser el caso, me dio un buen punto de partida.


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